Capítulo 2, segunda parte.


¿Cuánto tiempo se puede permanecer en un estado de felicidad suprema, de ser, si eso incluye tener un cuerpo y una mente? ¿Cuánto tiempo, si ese cuerpo está destruido en gran parte?

 

Cuando el dolor de mis huesos se muestra y mis capacidades físicas normales no se pueden realizar, paso a un estado diferente. Entonces empiezo a darme cuenta que soy un cuerpo roto y una mente desesperada que comienza a actuar de manera acelerada. Aparece en mi pantalla cerebral quién había sido yo, hasta este momento.

 

Hago memoria y me veo en el hospital cuando corrían por salvarme la vida. Una enfermera que duda, un médico que grita:

- No importa la ropa. ¡Cortá!

Siento que no puedo respirar y pierdo el conocimiento.

 

Recuerdo a mi esposo queriendo sacarme de nuestro auto que estaba destruido, con lágrimas en los ojos y diciendo: - ¿Qué le ha pasado a mi Susana? El encuentro de nuestras miradas llenas de angustia y desesperación, su rostro que traslucía verdadero amor. 

 

Un poco antes hubo un impacto. Una calle de tierra, muchos arbustos al costado, una curva cerrada y un colectivo de frente.

 

Me veo manejando rápido para llegar a casa donde están mis hijos muy pequeños y mi esposo. Hacía poco que habíamos llegado de Mendoza a Río Negro en busca de trabajo, sin amigos, sin parientes, sólo nosotros cuatro.

 

Mis hijos nacieron como una gran osadía de la vida luego de haber luchado y vencido a un coriocarcinoma en matriz que apareció al poco tiempo de casarnos. No puedo olvidar sentirme campeona y ganadora ante esta experiencia de vida por haber dejado largas sesiones de quimioterapia atrás.

 

Vienen a mi mente imágenes de nuestro casamiento.

 

De mi interés por profundizar acerca del porqué de la vida. Y así verme adolescente, feliz, estudiando en la Facultad de Filosofía y Letras. Todo esto pasa por mi cabeza... mi deseo profundo de aprender para enseñar, quería ser maestra, quizás profesora y compartir lo aprendido. El paso por la secundaria y primaria en una escuela religiosa que amaba y siempre consideré la mejor época de mi vida.

 

Visualizo mi niñez. Seis hermanos, el pequeño varón codiciado regalo para mis padres y cinco mujeres tremendas en actividad ininterrumpida. Una familia como tantas de la época, nada on line, mi casa era una biblioteca muy desordenada.

 

Nuestra vida familiar se sucedía simple, pero llena de incentivos. Cocineras activas, arte del que se nos ocurriera, moda, cinco mujeres en acción. Mis padres trabajaban en su negocio de ramos generales y lo hacían sin descanso. Nosotras gastábamos todo tipo de material también sin descanso. Una bicicleta regalo para todas, pero muy usada por mí... Pasé una niñez hermosa.

 

Me crié comiendo mandarinas y naranjas y jugando en la finca de mis abuelos maternos que vivían cerca. Ellos vinieron de Italia con sus hijos pequeños. Amaba en silencio a mi abuelo en particular y a mi tía Marta que vivía con ellos. Me encantaba estar allí, en esa que era mi segunda casa. En viñedos, quintales y frutales encontré el mejor espacio para estudiar y jugar.

 

Mis abuelos y mi tía no hablaban demasiado, se comía en total silencio cosa que no sucedía en mi casa. Allí las cosas eran agitadas, porque los horarios y las discusiones comunes entre hermanos eran algo cotidiano.

 

Recuerdo mi primer día de escuela, mi primer grado, con zapatos negros, uniforme y delantal. Cuando nos mudamos a esa casa...

 

Y hasta aquí llegan mis recuerdos.

 

❗ Continuará el próximo viernes.

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